Agonizan los baños públicos de la ciudad
Febrero 4th, 2009
Los saunas públicos de la ciudad están en proceso de extinción, pero aún hoy, fungen como ese último reducto de reclusión voluntaria y soledad acompañada.
Texto: Carlos Rojas, Gilbert Gil y Fernando X. Rodríguez
Fotos: Rodrigo Villa

Fotos: Rodrigo Villa
Refugio de prácticas y juegos, en ellos se vive y se siente el calor, la humedad, la desnudez. Sirven para reducir el estrés, mejorar el sueño, la tensión arterial, la circulación venosa y relajar los músculos.
En general, los baños públicos en México, especialmente en la capital, fungieron como un lugar de convivencia y relajación; un espacio de intimidad que se constituye como uno de los últimos reductos de reclusión voluntaria, de soledad acompañada y gozosa en medio de la vorágine urbana.
Para algunas culturas, el baño público fue el lugar de la vida social por excelencia, donde se decidía la cosa pública. En otros tiempos, la Ciudad de México no era la excepción. Los había en zonas de arrabal y residenciales, cerca de gimnasios y bares. Hoy, por decir lo menos, están en desuso y condenados a la extinción.
Los baños públicos fueron la pangea de la sociedad mexicana de la primera mitad del siglo XX. En cada establecimiento de los que aún sobreviven, se leen las ruinas del esplendor que sedujo la piel de políticos, albañiles, escritores, obreros, choferes y toda clase de fauna urbana.
La tradición de los baños públicos en nuestro país data de la cultura náhuatl, cuando se utilizaba el baño de vapor temaxcal o temazcalli, voz que significa “casa del baño de vapor”. Tenía un carácter ritual dedicado a la Diosa Madre y se utilizaba para fines curativos.
Al inicio del siglo XIX, con la llegada del México independiente, comenzó la construcción de baños públicos en las ciudades, que ofrecían servicios que iban desde baños turcos y regaderas hasta masajes.
Las necesidades higiénicas desatadas por la Revolución Mexicana dieron pauta al desarrollo de los baños públicos. Así, en casi cada colonia del centro de la Ciudad y cerca de las fábricas, había un sin numero de establecimientos de saunas y regaderas, donde los trabajadores, hombres y mujeres, se aseaban tras sus jornadas de trabajo. Muchos de esos baños se derrumbaron durante el terremoto de 1985.
En la posterior reconstrucción de la Ciudad, el gobierno proyectó un programa de vivienda que comprendía la instalación de baños dentro de las casas. Con ello, la industria de los baños públicos comenzó su debacle. A principios del siglo XXI, aunque con inconvenientes como los insumos, la ventilación, la higiene y la contaminación que generan sus calderas de vapor, hay algunos que procuran mantenerse con vida.
Actualmente se cuentan unos 200 locales, cuando hace apenas una década había entre 1000 y 1500 saunas públicos en funcionamiento. En la avenida Tlalpan, hay aún algunos lugares que continúan operando, prácticamente sin ganancia alguna. En baños como el Rocío, el Bidasoa y Caleta, el derecho por usar el sauna va de los 40 a los 45 pesos; entre los servicios que aún ofrecen están el vapor individual y general, la peluquería, la fuente de sodas y la zona de masajes. La mayoría de los baños públicos que aún subsisten están situados en las zonas más populares de la ciudad, en las delegaciones Cuahutémoc, Gustavo A. Madero, Azcapotzalco y Venustiano Carranza.

Fotos: Rodrigo Villa
La soledad del manager
La atmósfera de los baños públicos que guardaron los sudores de aquellos boxeadores épicos es ahora como un retrato que cuelga de la pared. Los mejores momentos de los baños Margarita, los Gloria o los Avenida, forma parte de los recuerdos de aquellos tiempos cuando con un peso se desayunaba, comía y cenaba; la parada del tranvía estaba en San Antonio Abad, funcionaba el cine Colonial, la Arena México era de pura madera y los guantes de box pesaban cuatro onzas.
Los años 40 fueron un espacio para el espectáculo de la lucha libre y el box; la gente estaba entonces más cerca que nunca del ring y el vapor de agua. Los baños públicos fueron en principio la respuesta a las necesidades sociales de quienes vivían en los barrios populares y no contaban con regadera.
Con la intención de atraer gente, varios gimnasios anexaron a sus instalaciones baños públicos y viceversa. De esta manera comenzaron a gestarse los campeones forjados entre los golpes que se reciben de la calle, el gimnasio y los vapores.
Así, surgieron José “Huitlacoche” Medel, Luis Villanueva “Kid Azteca”, el “Toluco López”, Manuel Armenteros, el “Canelo” Urbina, Char Char Chinoy, el “Borrego” Torres y muchos otros que se convirtieron en los mejores representantes de un amplio espectro de la sociedad; atletas que sin tener mucho dinero, le echaban corazón, no como ahora que no hay amor al deporte, ni respeto por los entrenadores, ni de los entrenadores a los pupilos.
Así ve el mundo José Roberto Juan San Vicente Vidal, mejor conocido como “El Gallito”, boxeador profesional retirado y entrenador desde los años sesenta, para quien este presente es una mezcla entre modernidad y ganancias. Atribuye el desuso de los baños públicos al gasto que implica el combustible, por lo común petróleo o diesel.
El ambiente en los gimnasios, recuerda “El Gallito”, era de cuates, con uno que otro gandaya que se las daba de muy mamey; era un espacio que se salvaba de las vicisitudes del barrio; allí había reglas de urbanidad con las que todos estaban de acuerdo.
Hoy, el negocio de los pocos baños-gimnasio que existen en la ciudad de México ya no está propiamente en los baños, sino en el gimnasio, que ahora cuenta con aparatos modernos, clases de spinning y aerobics. Los precios han dejado de ser para la clase menos favorecida. Algunos lugares de tradición como el gimnasio Tepito, ubicado en la plaza Fray Bartolomé de las Casas, esquina Toltecas, aun ofrece sus servicios por un peso a la semana; en contraste con el Nuevo Jordán, también en el Barrio Bravo, que cobra 250 pesos al mes para clases de box o lucha.
En el Tepito, por ejemplo, las paredes están pintadas de verde agua, la luz se filtra por unas ventanas altas y hay seis regaderas alineadas sobre un mismo corredor. En el gimnasio Gloria, cada tubería está separada por muros de azulejos gastados en una oscuridad casi total. Las regaderas del Nuevo Jordán están en un cuarto de cinco por diez metros y el vapor es un espacio más reducido, con el piso y las paredes amarillentas: todos hablan de lugares que han perdido algo de aquel espíritu de antaño.
No sólo los avances de la nueva arquitectura urbana dejaron en la obsolescencia a los baños públicos con gimnasio, también su costo es un factor que contribuye a su abandono. Ir a un baño público ya no significa lo mismo que hace algunos años, porque las necesidades de las personas, así como el perfil de su servicio se han transformado. Ahora es más una actividad para algún fin de semana o una excentricidad nostálgica de quienes vivieron la juventud del México del siglo XX…
¡Mueve las piernas! ¡Agáchate! ¡Cuida la cabeza! Se caía en pedazos. Chorreaba sangre sobre la playera ¡Agua! Y su esquina estaba ahí. Le quitaron los guantes e hicieron un poco de presión en la nariz.
-Siempre me pasa- Media sonrisa y a las regaderas…
Algunas reflexiones mientras el eco revienta en siseos sobre las paredes verde agua. El sol de las 4:30 de la tarde y el lugar casi vacío.
- Le pude haber puesto en su madre.
Y las gotas de color rojo se van hacia los doce agujeros de la coladera.
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