Agonizan los baños públicos de la ciudad
febrero 4th, 2009
Los vapores del deseo

Foto: Rodrigo Villa
Los 60 pesos que se depositan a la entrada del vapor general dan derecho al visitante a una sábana que le cubre la tercera parte del cuerpo; la llave de un cuarto donde se pueden recibir visitas de otros clientes; el acceso al vapor, al baño turco, a las regaderas, al área de masajes; sobre todo, brinda la oportunidad de conocer una posible pareja ocasional.
Los cuartos están distribuidos en dos pisos y dispuestos en dos grandes hileras. Ahí se pueden contratar los servicios de un pedicurista por 90 pesos, disfrutar de una cerveza fría por 20 o de un “preparado” de tehuacán por 10.
Arriba, los cuartos son un poco más amplios y de ahí provienen casi todas las risas que resuenan a través de las paredes de lámina. Cada cuarto contiene lo mismo: un colchón para recostarse, un espejo donde apenas cabe el rostro y una repisa para poner bebidas.
Afuera, en el sauna, la temperatura del aire y las miradas de coquetería se cruzan entre los clientes “para conocerse mejor”. La temperatura se eleva, los guiños disparan los grados centígrados. Un joven de bigote recortado se queja con su pareja del calor asfixiante mientras corre a la salida:
- ¡Uuy!, yo no sé si aguante el infierno, ¡pero esto no!
Sonidos de besos aquí y allá, gemidos y murmullos que intentan ahogarse, incluso algunas expresiones – ¡Mira nada más lo que tienes ahí! – atraviesan las delgadas paredes de los cuartos, haciendo a los demás clientes partícipes involuntarios de otras experiencias sexuales.
Hay de todo. Desde jóvenes atléticos que exhiben sus cuerpos desnudos en franco ligue a cualquiera que detenga su mirada en ellos, hasta hombres maduros y bien peinados, con abdómenes prominentes, que lanzan sonrisas pícaras mientras se acarician el pecho o la entrepierna.
Desfilan también algunos adolescentes que caminan cargando maletas deportivas tras los pasos de sus clientes. Son los chichifos, jóvenes que se prostituyen para sobrevivir y que frecuentan estos establecimientos.
Pero no todos entran con una pareja. Algunos la consiguen ahí. Cada espacio del baño es un lugar para el ligue. En el vapor se identifica al potencial acompañante con una mirada. Los clientes abren la puerta y tras la cortina de vapor tratan de distinguir alguna silueta que les resulte atractiva. Si encuentran al hombre adecuado, toman asiento y lanzan miradas discretas al objeto de su deseo.
En la sala de masajes algunos excéntricos dan rienda suelta a su imaginación: un empleado del baño rompe Tetra Packs de leche Lala, llena con ese líquido blanco una cubeta y se monta en una cama de masajes, justo encima del cuerpo desnudo y redondo de un hombre calvo, que sonríe a medida que la frescura de la leche escurre por su cuerpo. Es aquí donde los clientes más atrevidos inician una conversación. Algunos incluso, tras una breve sesión de caricias, acceden a conocerse mejor en un cuarto privado y salen del vapor general.
En las cifras oficiales, los baños públicos que frecuenta la comunidad gay no se incluyen dentro de los giros negros o lugares de prostitución. En la Ciudad de México, hay cuatro baños públicos que se anuncian abiertamente en las guías internacionales como lugares para buscar pareja; pero cualquiera de los baños de la colonia Tabacalera funciona como un recinto apropiado. Sólo para hombres que gustan de los hombres. Labores higiénicas y relaciones íntimas, todo en un lugar, al alcance de 60 pesos.
Las estrategias chick de la belleza

Fotos: Rodrigo Villa
Los spa en México son el envés de los baños públicos. Los servicios contrastan sobre todo en materia de presentación. La historia no es tan añeja, aunque tampoco se iniciaron ayer. Su incursión en tierra mexicana se inició a finales de los años sesenta, claro, sin la sofisticación que presentan el día de hoy.
Cuando los primeros turistas hollywoodenses llegaron al puerto de Acapulco no les bastó la riqueza del paisaje, la serenidad del pacífico que entraba grácil a la bahía, ni el acento relajante de los lancheros que los colmaron de mimos. Fue necesario preparar sus residencias con los aditamentos necesarios para tomar un buen masaje, relajarse con el vapor y aderezar la sesión con yerbas aromáticas.
Cuando a muchos de ellos los sorprendieron los años, las canas y las arrugas, recurrieron a los tratamientos “naturales”, que manos expertas más allá de la frontera nacional les aplicaban sobre sus rostros y en lugares donde la grasa o la celulitis se empeñaban en malograr la imagen que de ellos se había inmortalizado en las pantallas.
Pero no sólo los extranjeros, (“gringos”, les decían los naturales para generalizar su extranjería) recurrieron a los favores de la tecnología a favor de la belleza y la inmortalidad del gesto; también los nacionales adinerados instalaron sus protospa en casa. Pronto, algunos vivos y observadores negociantes se dieron cuenta que aliviar el paso del tiempo les daría buenos dividendos y proliferaron las clínicas de belleza, que con ciertos avances en la medicina y la cirugía estética trataban de destruir las travesuras de Cronos.
Así, el spa, nacido en Suiza, alcanzaba carta de naturalización en nuestro país. Los spa nacen como casas de descanso y experimentos de tratamientos físicos y estudios psicológicos. Pronto se extienden por toda Europa con una particularidad de status, que hasta hoy es alegoría de estos sitios en todo el mundo.
El principal objetivo del spa es crear un ambiente propicio para la relajación, la tranquilidad y la armonía, para así desplegar la energía del individuo hasta lograr el equilibrio. Son populares sobre todo en las grandes ciudades, donde el estrés y la ansiedad son el elemento central del ritmo que exige la vida moderna.
El gran auge de los spa en la Ciudad de México se da en los grandes hoteles donde los clientes, sobre todo ejecutivos en viajes de negocios, aprovechan para darse un rato de relajación. Actualmente, se han creado servicios tipo spa que son más económicos y están al alcance de la media en nuestra ciudad, en los que el ambiente más bien es improvisado, pero donde bien se puede lograr una buena sesión de masaje o facial por un módico precio.
En algunos spa los servicios rozan, tocan y atraviesan lo erótico. En foros de sexoservicio en la red, se recomiendan algunos donde las masajistas, con una detallada tabla de precios y caprichos, hacen la delicia de algunos caballeros, pues ofrecen el masaje de relajación profunda o manual, el francés (de cautivadora oralidad) o el ruso.
Pero no son las únicas opciones, también hay relajaciones visuales donde la masajista puede estar medio vestida y completamente desnuda. Para aquellos que gustan de las experiencias táctiles, hay tarifas que van de las caricias más superficiales hasta las más íntimas. Por supuesto, es cuestión de pesos, confianza y buen tino que el servicio sea completo y usted salga completamente relajado después de probar la humedad más profunda de la masajista.
Algunas usuarias de la red confiesan que es cuestión de confianza y tiempo, aunque de dinero también, para acceder a las experiencias sáficas del spa, donde se puede tener un contacto más profundo y relajante que el provocado por el correr vigoroso o dulce de unas manos por la piel de la cliente, para pasar al terreno de las fantasías y los gemidos que surgen del fondo de la humanidad estresada de la clienta.
En México los spa se han vuelto un híbrido de culturas, desde la filosofía de la energía universal, hasta el temazcal. El común es el afán por volverse una tradición, pero debido a nuestro modelo de sociedad de clasismo, éste cobra auge en las altas esferas sociales, que debido a razones de tiempo, dinero, y entre otras, de idiosincrasia, les permite hacer de los spa parte de su vida. Y no lo olvide, de sus fantasías, es cuestión de preguntar.
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