La Apestosa, la última piquera
Febrero 8th, 2009
Rincón urbano frecuentado por prostitutas, solitarios, mendigos y descarriados, pide como pase de admisión, requisitos básicos para sobrevivir la ciudad.
Tatiana Meneses
Fotos: Rodrigo Villa

Aspecto del Salón Orizaba, en la calle Dolores del Centro Histórico
“Había una puta con la que todos estaban fascinados porque andaba cachondeándose aquí merito con un güey. Los demás gritaban y chiflaban; todos se veían muy divertidos.” Nada fuera de lo ordinario en el Salón Orizaba, nombre de la cantina según las letras verdes en la pared de la calle Dolores. Pero todos la conocen como La Apestosa. La puerta rosa se balancea y rechina a la entrada de cada uno de sus personajes. El olor a orines flota en el ambiente y se queda en la nariz.
Entre los sudores, miradas, cuerpos abultados en los asientos y mesas pegajosas, hay un ambiente de compadrismo mexicano exacerbado. Las cantidades desmedidas de alcohol que se consumen aquí hacen de esta cantina su mayor folklore en la zona del barrio chino. Hombres que regresan de la chamba y deciden pasar a tomar un alcoholito y una que otra prostituta se encuentran en este pedacito de ciudad.
Los años se dejan ver en forma de telarañas. Las paredes amarillas están cubiertas por un cochambre añejo. Un tuerto sonríe y levanta sólo una parte del labio superior. Se sienta en una de las bancas y grita “qué ¿y mi fría?”.

Un par de tetas saturninas son parte del mobiliario. La blusa que las enseña está desgastada. Se distorsionan a través del líquido ámbar cada vez que ella levanta el vaso y se lo lleva a los labios. Su acompañante le sirve más de la botella sin que ella lo pida. Vuelve a empinar el vaso y la luz se refracta. Tetas móviles, enormes.
“Toques, toques, toques de cinco varos.” Don Jorge, canoso y sonriente, carga la máquina de voltaje. Un valiente se apunta, “yo primero”. Toma los dos tubos metálicos que se conectan a la caja de toques. Cien y Jorge Pérez sigue girando la perilla. Observa divertido la cara húmeda del cliente. Otra vez en La Apestosa se hace fiesta -como cuando entraron dos señoritas curiosas y la cantina se convirtió en caja de gritos, aullidos y chiflidos-. La perilla sigue girando, el bravucón tuerce los brazos, echa la cabeza para atrás con una gesticulación de dolor, su cuerpo sufre un espasmo y, entre macho y mártir, suelta uno de los tubos.
En La Apestosa hay unas enormes ollas metálicas con caldos rojo pálido que se sirven como botana para acompañar la cerveza que se empina, pero la mayoría de los clientes esperan la llegada de las canastas de tapas ambulantes: pepitas, huevos cocidos, tamarindo, cacahuates, habas con cebolla, dulces… También bromean: “no hombre, la botana aquí son patas de pollo que cuando les metes la cuchara ¡se mueven!”, el compañero de tertulia le sigue “¿y qué tal la sopa de municiones, con su porción de cucarachas fritas?”.
Esas cucarachas son las auténticas dueñas de los rincones de la barra, las latas con papel estraza (servilleteros y servilletas), la barda del tapanco-bodega y el par de baños, manantial del hedor a orín. Los insectos color caoba parecen bailar sobre las mesas al compás de La Puerta Negra.
Un borracho joven, con la caguama en una mano, atina a insertar cinco pesos a la rockola iluminada. Joaquín Sabina saca por las bocinas su voz y su melancolía -rasposas ambas- para acompañar a todos los que con o sin razón, beben hasta nublarse la mirada.
Una sonrisa leve se les escapa con la tristeza o con la incertidumbre o el aburrimiento o la resignación a los solos. Otros, con las carcajadas y las conversaciones deportivas a gritos, ignoran los versos del cantante español.
Hay una locura enfermiza en el ambiente. Entre familiaridad, respeto y cierto reconocimiento en el otro, el alcohol se embulle en las gargantas. Los que vomitan o terminan con su cuerpo tirado sobre una mesa, sólo son observados, como si la ayuda fuera una intromisión.

En una mesa pegajosa (todas las mesas están pegajosas) toman asiento un par de mujeres que llevan en medio a un hombre con la mirada perdida. Apenas lo observan y prefieren dedicarse a fumar. Una de ellas, de cabello castaño, chino y corto, lleva el rostro discretamente maquillado.
Sus ojos claros, la forma de sostener el cigarrillo a la altura de la sien como quien dice el fuego lo tengo en la cabeza, el vestido blanco con flores diminutas y tiernas, el escote indecente, la tela delgada desafiada por la otra gruesa que sostiene sus senos puntiagudos. El porte de puta y la percha de ama de casa hacen de toda ella una ambigüedad.
Afuera del Salón Orizaba la tarde ha caído por completo. El agua de la lluvia barre la basura en la calle Dolores. La mayoría de los establecimientos están ya cerrados. Hay luminosos anuncios de comida china. Los colores del barrio son rojo y dorado.
Ojos rasgados, personas menudas caminan sobre la acera, pasan de largo la cantina barata. Tal vez no saben que existe, tal vez no la ven, tal vez sea La Apestosa un rincón del inframundo al cual no cualquiera tiene acceso. El fantasma pesimista de William Burroughs vaga entre el olor agridulce a orin. Se requiere un espíritu tolerante, curioso y un poco loco para ingresar; convivir con los de la mirada encendida por beber, muerta por consumirse en la soledad, el desahogo y la locura.


