Para que los castillos estén listos, hay un proceso de siete días que se utilizan  para diseñar, moldear y construir las estructuras que serán quemadas

Texto y fotos: Gilbert Gil

En una de las calles principales que llega a la plaza, subiendo por la parte derecha del edificio de la coordinadora territorial, caminando cien metros en esa pendiente, se encuentra el Centro Cultural Zapotitlán, que en el 2000 Rosario Robles colocó la primera piedra para su construcción. Ahí, se encuentran el bunker de la mayordomía de Santiago, donde de 20 a 30 trabajadores pirotécnicos trabajan, cada quien, en una estructura poniendo las mechas y los cuetes.

Una docena de estructuras yacen en el piso, se mueven ligeramente al vaivén de las manos, de los hombres, que con agilidad amarran cada una de las figuras con pedazos de hilo de algodón encerado con chapopote. Las representaciones que en la noche de la fiesta agradarán a los visitantes, quedan poco a poco completas, hermosas, majestuosas.

Entre mechas, cuetes, pólvora y una veintena de avisos de cartulina que rezan: “no fumar”, “se prohíbe fumar”, “cuidado flamante”, se encuentra Alejandro Ramírez trabajador de Los Morales, histórica familia de pirotécnicos que cada año construyen y queman los castillos.

Este joven, tan solo de 24 años, ha estado en muchos de los pueblos tradicionales exclusivamente quemando castillos. Originario del Estado de México del municipio de Huixquilucan, del pueblo de Magdalena Chichicaspa ha trabajado durante 12 años en el arte de la pirotecnia, heredado por su familia.

“Este acercamiento a la pirotecnia fue a través de la tradición familiar, mi papá por descendencia ya lo trabajaba, mi abuelo con mis tíos y toda mi familia. Antes de nacer mis hermanos y yo, esto ya se daba; es una tradición en la familia que nunca se va a perder, por ello estoy aquí”, comenta contento.   

La Fiesta en Santiago Zapotitlán

La Fiesta en Santiago Zapotitlán

Alejandro Ramírez, sentado sobre un banco pequeño, entre risas acepta la entrevista y reconoce no tener “información privilegiada, pero que podría ayudar en algo”. Y aunque tal vez es cierto que el muchacho veintenario no tiene información selecta es, entre  los treinta muchachos, el que más sabe de la construcción de castillos.

Y así lo demuestra cuando comienza a explicarnos como se llaman las partes del castillo. “Los llamados abanicos consiste en una gruesa de cohetes, colocados en una estructura metálica a manera de que queden en forma vertical uno junto a otro y con las mechas del mismo lado”, comenta. 

Al encender el primero, la flama y con ello el estruendo, se sigue en serie hasta quemar toda la gruesa en unos instantes; con este efecto se anuncia los momentos más espectaculares de la fiesta.

Otro elemento pirotécnico lo constituyen las coronas, canastillas o voladoras que marcan el inicio y los momentos intermedios de la quema de un castillo, “aunque también se acostumbran las bombas de crisantemo o japonesas, de craker, de paracaídas, de figuras o efigies, de uno, dos o tres tiempos, lluvia de brillantes, de lentejuela, entre otras”, afirma Alejandro.

Los tamaños varían, pero comenta Alejandro que generalmente se utilizan dos tamaños para las ruedas, “1.20 de diámetro las pequeñas y las mas grandes 6.50 de diámetro, esas son las más espectaculares”.

Toda quema finaliza con un gran espectáculo de luces y música, que estremece y emociona a todos los espectadores por su gran iluminación; a esto, en el lenguaje de los pirotécnicos se le llama el jardín.

Sobre los elementos para la iluminación de los castillos se necesita una mezcla de líquidos para hacer los colores: nitrato, azufre, clorato, estroncio, magnesio; las cantidades y las porciones las realizan ellos para darles intensidad a los diez colores que se ocupan en cada castillo.

En la cuestión del diseño de las imágenes “los mayordomos son los que escogen que se va a poner y las imágenes van desde: animales, figuras religiosas o de caricaturas… lo que le agrade a la gente”, comenta.

Alrededor de dos toneladas de cuetes se utilizan para cuatro castillos, según Alejandro, que observa a su alrededor calculando con la mirada, como aquel abarrotero desconfiado que sabe cuanta mercancía tiene en su tienda, “dos toneladas…mmm… sí… más o menos… es mucho, ¿no?”.

En cuanto al proceso de construcción y funcionamiento, la precisión en poner las partes debe ser perfecta, “debe haber una sincronización entre los cuetes; tu puedes poner cualquier rueda en la posición que quieras, parada o acostada, depende del diseño. En el funcionamiento radica la importancia de los castillos, es el secreto,  que se muevan bien, que prenda bien, ya que cada rueda tarda en quemarse dos minutos”, recalca Alejandro. 

Cuando hay una falla es porque hubo un error en el funcionamiento, “uno trata de evitar esos errores cuando se esta haciendo y construyendo” afirma.  Siete días tardan los 20 trabajadores de la pirotecnia en crear las figuras, los abanicos, coronas y canastillas; el día del evento “para la construcción de los castillos se necesitan 3 horas y 35 hombres”.

Para Alejandro Ramírez lo más trascendente es su trabajo y le tiene respeto, “muchos me dicen por qué le das a la pirotecnia, qué, si es mucho trabajo, cosas así,  yo les digo que el trabajo de la pirotecnia es como cualquier trabajo. Ser albañil se me hace más pesado y cansado. En cuanto a lo peligroso, pues, toda actividad en la Ciudad es peligrosa, entonces, no me puedo quejar.”

Para realizar el trabajo de pirotécnico se necesitan muchos requisitos para poder quemar los castillos o los toritos; cuando hay una explosión se nos dejan venir  nos reclaman, pero no pueden hacer nada ya que son tradiciones y costumbres del pueblo”, señala.

“Esto no se va acabar, ya que ésta es la más importante festividad de la ciudad de México”, asegura. “Para que le quiten las tradiciones a un pueblo de más de quinientos años, esta cabrón… las tienen que respetar… nunca… nunca se van acabar las tradiciones de Zapotitlán…”, comenta mientras amarra fuertemente el hilo a una corona.

El sonido de la banda se escucha a escasos metros, cerca de 25 jóvenes, mujeres y hombres se aglutinan en el bunker, cargan varias bolas de plástico, que por dentro contienen platos, refrescos, vasos servilletas y salsas; dos inmensas cazuelas se dejan ver entre los mayordomos que arriban sonrientes al Centro Cultural.

Los castillos en Tláhuac

Los castillos en Tláhuac

“Aquí les traemos comida… a comer…. Órale…” se escuchan las voces de las señoras que invitan a los trabajadores a echarse un taco y a descansar un poco, para ello, la banda suena a todo lo queda.

Entre el sonido de la banda, cacerolas de frijoles, arroz y rajas con crema acompañados de tortillas calientes, algunos trabajadores siguen encuadrando y montando las figuras en las estructuras metálicas; otros, permanecen sentados, reposando y descansado para lo que será la gran fiesta que hoy por la noche alegrara los ojos de muchos pobladores y visitantes.

Alejandro no esperó más y se fue a comer. Las tijeras, pedazos de hilo, alguno que otro cuete esparcido, un desarmador manchado de pintura, el periódico del día de ayer y el pequeño banco donde se encontraba sentado, junto al cronista se han quedado solos, observando el encargo y dedicación de los trabajadores de la pirotecnia.

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