payasothumbGuacamayo es tan sólo una de las 40 mil personas que de manera informal, a diario se ganan la vida en los túneles del Metro de la ciudad de México.

Fernando Xavier Rodríguez
Fotos: Rodrigo Villa

Los que trabajan en sus instalaciones y los que ocultan ahí su miseria, los empleados que viajan por sus túneles a diario, los fakires, los sordomudos, los ciegos cantores, los payasitos o los niños del “trapito”; los extraviados, los graffiteros, los carteristas, los músicos; los que quieren encontrar una pareja gay en los últimos vagones una o dos horas antes de que cierren las puertas; los iluminados que predican un Plan de Salvación o el fin del mundo; los campesinos e indígenas, y algunos de los más mendigos entre los mendigos, los charlatanes, los lisiados; los que se refugian en un gesto impasible y perpetran el silencio, con expresiones violentas de tan desdeñosas…

Debido a que en el reglamento del metro está prohibido pedir limosna y vender productos dentro de sus instalaciones, es imposible establecer el número de personas que realizan las más diversas labores ahí dentro para ganarse la vida.

Mario Alberto Izazola, gerente de Seguridad del STC, es la voz que declara de las cifras de las autoridades que existen casi 40 mil vendedores ambulantes de los llamados vagoneros; imposible contar a los toreros, que son quienes venden productos a las afueras de las estaciones y tienen que moverse de lugar para disimular ante los rondines policiacos de cada 30 minutos.

Todas esas personas que viven del trajín cotidiana del Metro tienen historias, experiencias, una familia a la que quieren o evitan; son de colores, de carne y hueso, de “cualquier moneda que no afecte su economía”, de carcajadas y lamentos, de sangre y violencia, de resentimiento y rencor… tan parecidos a los otros espectros, a la gente común que a veces no puede dormir; los que son como tú o los que son como yo, gente que carga con el peso de su estatua móvil… al final, todos en algún momento, nos aferramos a un tubo de aluminio. Para seguir viajando.

La vida en risa

payasoY llegó el momento esperado por los niños: ¡Aaaahhh! ¡Paparazzis! ¡Nunca faltan! Pues bien vamos a comenzar… Toma tres aros de colores y los malabarea con el metro en movimiento. El silencio sólo lo rompen las vibraciones de las llantas neumáticas y el silbido de los aros que chocan contra las manos de el Payaso…

Saca tres pelotas un apoco menos grandes que la palma de la mano y las enarbola sobre su cabeza. “¡Son las pelotas de colores! ¡Lleve sus bonitas pelotitas de colores! ¡El bonito regalo de chicos y grandes!”; pausa artística y algunas risas desde el fondo. Nosotros aplaudimos. Voltea y nos mira inquieto. “Nunca me habían aplaudido en el metro… se siente chido…”

¡Y ahora van a ver algunas figuras! Arriba, abajo, arriba, abajo… Este se llama ¡Por atrás! ¡Por atrás!.. Las pelotas, en efecto, obedecen a su amo, aunque al final se revelan y algunas se caen justo cuando se abren las puertas… Le regresamos una pelota. Nos la devuelve; no la atrapamos:” ¡Es para que vean que no se van con cualquiera! Bueno…”

Trae una maleta hecha con cartoncillo y un traje de payaso harapiento, la boca negra y las mejillas blancas, su cabello original, sin peluca, negro y largo…

“Estudié hasta el cuarto semestre en el CCH Vallejo, me salí para dedicarme a esto… al principio yo boteaba con un compa que tocaba la guitarra, después aprendí y me subí a tocar. Me hice payaso porque tuve la suerte de que mis compadres también lo eran y sí… a esto me dedico.”

“Salen como 15 o 20 varos en cada vagón, si me subo en diez vagones pues ya saqué 170 pesos más o menos, y bueno, como vieron, lo que hago no es de una o dos estaciones…”

En los vagones, los malabares con las clavas determinan a la gente a cooperar; los chistes con los globos y la buena improvisación, se ganan a los últimos renuentes, aunque nunca faltan los que no traen varo o se cohíben para demostrar su gratitud por el momento cómico, ante lo cual Guacamayo sólo les pide una sonrisa… nomás que no vayan a sonreírse todos.

Él y su esposa, que lo acompaña en estas cortas giras por la ciudad, posan para la foto; tienen dos niñas de 7 y 9 años. Guacamayo le habla casi a gritos a su mujer para que nosotros escuchemos: “Que se me hace vieja, que les gustaste y por eso todo esto.” Más sonrisas….

la vida en risa

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