La vejez indomable

-Pudiste publicar La tumba con la ayuda de Juan José Arreola cuando eras muy joven…
-Acababa de cumplir 18 años, y yo ya tenía mi obra bastante acabada. Antes de dársela al maestro, le agregué un capítulo, le di una manita de gato y modifiqué la estructura de la novela, que era muy extravagante. Con Arreola lo que hicimos fue, con las bases del mismo texto, no eliminar ni quitar nada, sino hacer un trabajo de pulido, de acabado: corregir cualquier falla de escritura, tomando muy en cuenta el texto de la novela. En ese sentido Arreola era un maestro sensacional, comprendía la naturaleza de la novela que estaba trabajando y no trataba de ponerle criterios, sino que buscaba cuáles eran las necesidades de la obra y partir de ahí trataba de solucionarla.

-En tu juventud, cuando las críticas a tu literatura eran más duras, decías que había que esperar, que irías construyendo escaloncitos para cada vez ser mejor. Luego de cuarenta años de escritura, ¿En dónde sientes que estás colocado?
-No recuerdo haber hecho una declaración de ese tipo, pero tampoco es insensata. Yo he tenido en mi carrera saltos muy grandes. Mi arranque fue espectacular, sobre todo cuando se reeditaron La tumba, mi autobiografía y la primera edición de De perfil. Luego he tenido otros momentos muy intensos de respuesta del público ante la obra. Evidentemente, uno mejora poco a poco. Siento que tantos años de trabajo me han facilitado el manejo del oficio. También la edad, que me hace ver las cosas con una mayor amplitud y perspectiva, lo que contribuye a que cada una de mis obras vaya mejorando.

-Algunos escritores ven en la vejez un problema terrible, ¿Cómo la enfrentas tú?
-La vejez, como hace poco dijo Gerardo de la Torre, es una chinga. Las facultades físicas se van erosionando; uno no reacciona de la misma forma ni tiene la misma energía. Yo estoy ahora en pleno proceso de transición de sistemas para escribir, porque los que tenía eran para una persona mucho más joven, y ya no puedo ni remotamente trabajar así. Ahora necesito administrar mi energía, descansar lo suficiente y tratar de aprovechar el tiempo. En ese sentido, la vejez la tengo bajo relativo control, porque me he preparado para ella durante mucho tiempo. Desde que cumplí los cuarenta años comencé a ver hacia la vejez. Además, las circunstancias mismas te van preparando. Se va descomponiendo la maquinita poco a poco. Tienes que hacerte análisis de próstata, química sanguínea y un chorro de cosas, que antes ni remotamente. Todo eso te prepara el ánimo para llegar a los inicios de la vejez. Yo creo que el espíritu no envejece, pero el cuerpo sí, ese es el dilema. Uno puede estar lleno de entusiasmo, de ideas y posibilidades, pero a lo mejor el cuerpo ya no responde igual.

- ¿Crees que los artistas honestos que se comprometen con el mundo en el que viven y se entregan a su trabajo se convierten en visionarios?
-Creo que la honestidad es una virtud muy loable en cualquier persona; pero ella en sí no garantiza ni calidad literaria ni mucho menos una capacidad visionaria. En lo que yo he escrito, si he tenido algún aspecto visionario, no ha sido por mi honestidad, sino porque me correspondía hacerlo en un momento dado. Sí creo haber hecho cosas que se adelantaron a su tiempo. Algo en mí intuyó una serie de cosas y ahora me da mucho gusto que el tiempo me alcance.

- ¿Ves a una crítica que ya dilucida tus planteamientos literarios?
-Sí, como no. Desde hace mucho tiempo. Siempre hubo gente que tuvo una visión muy benevolente hacia lo que yo escribía, y que comprendía los mecanismos de lo que hacía, como Rosario Castellanos, José Luis Martínez, Emmanuel Carballo y Seymour Menton. Ahora, mas adelante, han surgido investigadores en otros países, como Alemania o Costa Rica, muy buenos, que han hecho excelentes trabajos técnicos de lo que yo he escrito. En México, algún sector de críticos tiende a reconsiderar viejos prejuicios hacia mí y otros se aferran. Pero hay mucha otra gente que empieza a leerme y le gusta como para seguir leyendo.

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