La vida en el aire del ingeniero Olea
Febrero 10th, 2009
El reportero detrás de la voz
- ¿Cómo comenzó su carrera periodística?
-Empecé a trabajar el 17 de julio de 1956. Me gradué como Ingeniero Mecánico Electricista de la UNAM, pero por un choque que tuve de mi época de estudiante, desvié la carrera hacia el periodismo. En la carretera México-Toluca me di un “motociclazo” cuando iba en segundo año. Perdí el párpado izquierdo, que luego me injertaron con piel del brazo. Tengo cristales en el ojo y me falta un pedazo de hueso del pómulo. En la Cruz Roja, me dejaron todo parchado. Vendado todavía, encontré al profesor José Aguilar Garibay, jefe de oficina de Educación Vial del Distrito Federal. Él me dijo que con lo que había padecido, los iba a ayudar a iniciar una campaña de educación vial, que comenzó en junio de 1956 en Radio Cadena Nacional (después Radio Red). A partir de ese momento, continué hasta el 2007.
- ¿Considera el trabajo que usted hace como un asunto literario?
-Podría ser. Creo que lo que yo cubro, que son accidentes y cosas muy feas, debo platicarlo a la gente. Porque es muy común que llega un reportero de policía a un choque que dice: “¡Tenemos cuatro cadáveres!, ¡al parecer hombres y al parecer mujeres!, y la sangre derramada, y le falta un brazo…”, eso no es periodismo, eso es amarillismo.
Necesitamos llegar al lugar y dar un panorama de lo que ha sucedido, pero no echarle amarillismo. Hay unas frasecitas de mis compañeros, que cada que las oigo, me dan cuerda en la cabeza, algo como “…fue encontrado el cuerpo en decúbito ventral, al parecer de un hombre, que en vida, respondía….”, ¿Qué es eso? Eso no es periodismo.
- ¿Cuál ha sido el momento más difícil en su carrera al cubrir nota roja?
-Bueno, pues tiene usted San Juan Ixhuatepec (San Juanico). Fui el único reportero que logró entrar hasta donde se quemaban las esferas de aquel incendio con tantos muertos. Todo estaba acordonado por soldados y no se podía entrar. El señor Gutiérrez Vivó me dijo: “quiero la nota, quiero la información a como dé lugar”. Pensé en cómo meterme, cuando pasó una camioneta de PEMEX, conducida por un ex compañero de la facultad de ingeniería, que me preguntó: “¿Qué andas haciendo por acá, Olea?”, le platiqué que tenía que llegar a donde estaba ardiendo. “Súbete”, me contestó.
Al llegar al sitio, mi compañero me dijo que no se podía quedar ahí, que las esferas podían estallar, “¿De veras te quieres quedar aquí, infame?” me preguntó. Las esferas hacían un ruido impresionante, como de millones de telares trabajando al mismo tiempo. No había teléfonos públicos en la calle y necesitaba uno. Lo único que había era una caseta semidestruida con los cristales rotos. Entré y vi un banco alto con una perrita encima y un teléfono. Como providencia, levanté la línea y me dio tono. Desde ahí estuve reporteando a Gutiérrez Vivó lo que había sucedido.
En su momento, eso me habría valido un Premio Nacional de Periodismo. Mi información la tenían archivada en mi empresa, pero hubo una inundación en el local donde tenían guardadas las cintas y se echaron a perder. No hay registro de esa cobertura.
- ¿Cree haber fundado una nueva escuela para la nota policíaca?
-No. Sé que muchos de los “periodistas” acostumbraban prender el radio y escuchar lo que Olea decía; entonces, transcribían las notas. Hay gente que se daba el lujo de pedir en las oficinas de prensa una trascripción del monitoreo de lo que yo reportaba. Esa era su nota y su trabajo: estar oyendo sentaditos y no estar investigando. No he fundado ninguna escuela, al contrario, esto es un trabajo que cualquiera lo hace si tiene deseos de hacerlo, yo jamás pensé estudiar para periodista. Ni soy periodista. Soy un empírico y se acabó. Lo que sí, es que desgraciadamente el periodismo ha decaído mucho. Aquí no se necesita de ninguna escuela, la escuela se la da el tiempo, cuando se trabaja; esa es la enseñanza, el tiempo.
- ¿Cuáles han sido los cambios en la fuente policíaca en México desde que usted se inició hasta hoy?
-Cuando yo empecé el reportero de policía era una persona que generalmente acudía al lugar de los hechos, para investigar junto con la policía. No es como hoy, que llegan a la sala de prensa a tomar su refresquito, ver la televisión, platicar con los cuates y a que les den el boletín.
En mi época la cosa era totalmente diferente, porque teníamos que ir al lugar de los hechos, mezclarnos con el investigador; tenía usted que sacar sus conclusiones de lo que decía el policía y de lo que veía uno. Ahora no es así. Habrá uno o dos a quienes todavía les interese, pero es muy lamentable que la gran mayoría de los reporteros con licenciatura en periodismo se han dedicado al boletín.
- ¿Qué se necesita para evitar el amarillismo en la nota policíaca?
-Necesita usted conocer no solamente a la autoridad, sino también a la gente que está en los alrededores del sitio del crimen. La gente que vio los hechos. Yo no llego al estilo de mis compañeros. Yo platico con la gente con calma, los escucho. Además, llevo dos o tres reporteros. Uno se va a peinar los alrededores de la zona, para escuchar lo que se dice. Otro, se pone junto al policía para que le vaya diciendo sus conclusiones. Después hacemos una cosecha y mandamos las notas.
Además, si el caso es interesante, el reportero tiene que ir al Servicio Médico Forense, para hablar con los amigos y que le den permiso de entrar a la sala de autopsias. Para entrar, hay que ganarse la amistad de médicos y empleados, porque está prohibido. Y para ganarse la amistad de esa gente hay que llevarles los taquitos, las tortitas… y comer con ellos en la sala de autopsias. Como usted ve no es tan fácil, pero se logra sacar bastante información de los peritos.
