Las noches del California Dancing Club
febrero 4th, 2009
Fundado en 1954, este “horno de la sabrosura” es un referente de la vida nocturna de la cuidad de México que aún conserva ese aire pachuco de antaño.
Fernando X
Fotos: Rodrigo Villa

Fotos: Rodrigo Villa
“Bienvenidos al California Dancing Club, el lugar más pintoresco de la ciudad”; así comienza sus apariciones el presentador cada vez que se muestra en la cancha del ritmo, en el cuadrilátero del sabor, en el horno de la sabrosura, en el molcajete de la guapachosidad; en ese lugar del tamaño de cuatro carros alegóricos formados llanta con llanta, reina con reina, en cualquier carnaval respetable como el de Río o el de Veracruz.
Este lugar se pinta de dorado esta noche.
La pista de baile se ilumina por lámparas incrustadas en un techo cuadriculado de tres hileras; hay festones como de navidad, de color verde, que se alternan con focos rojos, azules y de un blanco amarillento; las sillas en el segundo piso que está reservado para visitantes distinguidos, tienen una banda de tela dorada que remata en un moño y están cubiertas con lienzo blanco al igual que los manteles, providencias indispensables para una noche de gala… al fondo de esta sección hay un espejo que abarca toda la pared, y alrededor, 29 placas dejan asomar las cabezas de califas barbados, que por vigésimo primera ocasión se muestran en este mítico salón de baile, deslumbrantes en su capa dorada, tan preciada por los que hacen el dinero. Son los premios para la gente del espectáculo.

Fotos: Rodrigo Villa
Abajo está la gente bailadora; allí no hay asientos, salvo en el espacio del fondo a la derecha, cerca de los baños, que tienen una vista lateral del escenario. En el centro ya están los que vinieron a procurarle trabajo con lima al zapatero, los que van a sacarle filo a las suelas y a alguno que otro cuerpo que se deje.
El vapor humano ya había cubierto el ambiente cuando llegó Alfredo y sus teclados con dos edecanes-bailarinas de pantaloncito corto y blusa de manga larga ceñida justo antes del busto, apretando su carne a una cuarta del ombligo.
A ratos inmóviles, a veces frenéticas, la rubia y la morena tiemblan, se estremecen, se podría decir que en efecto, bailan, aunque si estuvieran poseídas, de cualquier manera sería un espectáculo magnífico el ver sus cuerpos que comienzan a sudar y brillar bajo los foquitos de colores y los ojos encendidos del cotarro.
Comienza el tambor a resonar, a veces ronco como latido de tun tun tún y otras en un tarará tarará, que alegra los labios; las trompetas, los platillos y el timbal templan las venas con su voz metálica.
Y de pronto las piernas, la cintura, la cadera, los senos, los espacios entre cada suave y trémula emanación de piel redonda, que desde cualquier rincón se percibe como una llamada de la naturaleza, como si el aroma del sexo las envolviera sin tocarlas por completo, nada más insinuado como sólo hacen las hembras; se agitan en contracciones que de lo sensual pasan a sucumbir ante la fuerza centrífuga del vigoroso esfuerzo por mostrarse.

Fotos: Rodrigo Villa
Variedad, mezcla, muchachos, algunas mujeres que todavía parecen adolescentes y señoras que siguen luciendo mucho maquillaje, blonda melena y faldas cortas, tal vez porque con eso quieren invocar resabios de los momentos en que ellas eran devoradas por estar deliciosamente lúbricas compartiendo un escenario con un grupo de músicos.
… El lugaaar más pintoresco de la ciudad… Restallan los acordeones y los cabellos se mueven entre los brazos de lo bailarines. Cambió el grupo y ahora la plataforma giratoria que acuna la batería se complace inmóvil porque un artista colombiano hace transpirar a cada centímetro de piel presente.
Este es uno de los últimos reductos de los personajes con saco sport azul rey, camisa de seda negra, pantalón de vestir, zapatos lustrosos como calva de Memín Pinguín, medalla de oro hasta el centro del pecho, cabello pintado de güero con corte de hongo y arete en la oreja izquierda.
Ya en tono culto, el lugar me hace pensar en las grandes plazas griegas donde se festejaba la victoria después de una guerra: Los hombres vuelven con las mujeres que les esperaban ansiosas, la música y el despliegue de energía significan que es el momento de derrochar fuerzas, de terminar vacíos y a la vez completos de tan lánguidos…
También están aquí los solitarios, aquellas bestias que rondan alrededor esperando una oportunidad, un movimiento de los hombros o un contacto con la mirada, para que entonces emprendan el viaje y extiendan la mano, aventurándose como ciegos por caminos que no conocen pero que presienten…

Fotos: Rodrigo Villa
Llega el momento de entregar los “Califas de Oro” y entre los discursos, uno de los más memorables fue aquel que gracias al ambiente dionisiaco, o a que ocurrió un momento cósmico singular, reconcilió al comunismo con dios en boca de un actor de telenovelas; la metafísica del proletariado se pudo concretar no en la Cuba castrista que visitó el Papa y ve morir a Fidel, no en las ostensibles similitudes de la barbas de Marx y las de Moisés cuando hablan de lo que está escrito, ni en el inevitable parecido de Jesucristo con el Che, sólo aquí en el California Dancing Club se logró que fuera expresada la verdad que llevará al pueblo no sólo al poder sino al cielo: la voz del pueblo es la voz de Dios: Ernesto Laguardia.
La dueña del lugar, Mariana de la Cruz, estaba impresionante en un vestido largo que siempre tenía una sonrisa para las cámaras, ya de televisión o fotográficas. El padrino fue Fernando Colunga e incluso estuvo aquel malo de la telenovela quinceañera que sólo los que vivieron algo de los ochenta recordarán.
Lo que hasta las nueve de la noche había sido el perfume, el desodorante, el limón y en su defecto el jabón de baño, al momento que se cruzaban las manecillas del reloj en las dos de la madrugada se convirtió en una mixtura de olores donde predominaban las más fuertes exudaciones en medio de la humedad y la tibieza de un lugar repleto.
El dorado se hizo ámbar, las luces parecían reflejos en el agua de un sol eufórico, de color tostado; casi se podía tomar un pedazo de ambiente para untarlo en el cuerpo, el tacto mismo encontraba que su garganta se alimentaba de sí misma… estábamos ahítos de placer.
La cadencia y el vértigo acompañan esta disputa animal, en donde se ven plumajes y contoneos, donde comienzan los preámbulos del ritual catártico que promete apareamiento. Y la temperatura no sofoca, más bien nos calienta.

Fotos: Rodrigo Villa
Voluptuosas, algunas mujeres de pantalón entallado se echan a reír cuando bailan; en especial una morena, tan carnosa, tan salerosa que pareciera que trae mar en lugar de hemoglobina. Una gurú tórrida, salaz, quemante.
Así pues el simple roce con un brazo desnudo, el contacto de la palma de la mano que se sostiene como de hilos en el aire para dar vueltas, el acercamiento de los vientres y los dedos en la cadera, son suficientes para que aquel inconfundible aroma de la pareja se funda con el propio y cada binomio se transforme en una misma partícula de ambrosía; aquel veneno sinérgico consume la individualidad para crear un conjunto; es la voz multiplicada de un ser con deseos, con miles de extremidades, porque no se puede concebir a un dios que no sepa bailar, como dijo Nietzche.
Llega el momento cúspide, suenan las plegarias que nos dicen que rezando la oración estás tú, la inolvidable, aquella a quien nos sacrificamos hoy entre las piernas de alguien más tangible, porque ¿cómo te voy a olvidar? ¿Cómo saber que iba a ser así la entrega de mi amor hacia ti? Así, entre tanta gente…
Los carteles de la entrada, que son los mismos de la salida, anuncian retacados de color a los Ángeles Azules, a Súper Grupo Colombia, Policarpo Calle, Alfredo y sus teclados, El pulpo, César Segura y a Los hijos del Doc.
En letras rojas de molde, cerca de las taquillas se deja saber que el California Dancing Club cobra 30 pesos viernes y lunes; y 80 sábados y domingos. No se venden bebidas alcohólicas. Tres días son de danzón y el domingo es de música tropical.
Hoy es lunes por la madrugada en Tlalpan a la altura del metro Portales; ya probé mi bebida mágica señor nahual, ya puedo decir que bailé con dios, porque bailé con el pueblo, con la gran morena de las grandes caderas y con una inconfundible mujer que volveré a reconocer porque desde ahora somos un mismo olor.










abril 9th, 2009 at 5:49 PM
MUY BIEN