Un fakir en el Metro
febrero 13th, 2009
Dotado de ocho años de entrenamiento en las calles, de músculos pequeños y correosos, delgado, cabello revuelto; proveniente del paraíso perdido de las costas de Guerrero, está el Fakir.
Fernando X. Rodríguez
Fotografía: Rodrigo Villa
Dotado de más de ocho años de duro entrenamiento en las calles, de músculos pequeños y correosos, delgado, cabello revuelto y sucio, pupila oscilante como las claraboyas que indican el inicio del mar abierto; proveniente de lo que alguna vez fue el paraíso en las costas de Guerrero, está el Fakir.

Acostumbrado a ver el techo de los vagones, pide monedas tras acostarse sobre un montón de vidrios que lleva envueltos en su playera.
“Esto no es un trabajo, o no sé como lo veas tú… A esto le decimos pedir limosna… Yo soy de Acapulco, y vine para acá con unos chilangos cuando tenía 8 años, fui comerciante y ayudante de taquero”; por la tarde es limpiaparabrisas y dice que “nací solo y encuerado y solo es como ando, no me gusta pedir teta, o sea que me ayuden o juntarme así con los otros para pedir paro, eso es pedir teta… Me vine al metro después de que estuve seis meses en la correccional juvenil por asalto con violencia.”
Sonríe poco pero largo, tan largo como son los trenes, los viajes del chemo, y de la piedra… “Como verán, señores pasajeros, yo soy niño de la calle y vengo haciendo esto para ganarme una moneda, me quedo en bodegas, alcantarillas…”
“Cuando me atoraron me reconoció mi familia en el periódico, así que no se pueden las fotos carnal… En la correccional era francés, o sea que dije que no tenía parientes, que nadie iba a visitarme… Una parte de mi familia vive aquí… Siempre ando solo… Cotorreo con la banda y así, nopusquétranza, pero nunca me junto con nadie, por eso tengo problemas allí en Tepito…”

¿Y es más pesado lo de los parabrisas? Sonríe. “Pues nomás ve”, y nos muestra su espalda… “Se te acostumbran los brazos a trabajar limpiando parabrisas y sacas más varo, sólo que orita me cansé y mejor vine acá al metro”; enseña algunas de las más profundas cicatrices en su costado… “al principio es así…”
Una figura salida de una pintura de Rubens, como de 15 años, se acerca a decirnos que quiere saber cómo el Fakir hace el truco de los vidrios. Lo dice como si fueran clases de cerámica, como si fuera a aventarse por primera vez en una resbaladilla o aprendiera algo nuevo en su curso de cocina… el Fakir amablemente sonríe y le dice que ponga un pie, “o si no, -le dice-, los puedes tocar con la mano”, y agarra un puño de cristales, “o si no, te los puedes poner en la cara… ¡mira!”… ella dijo que mejor ya no.
El Fakir se apresta a salir del metro. Con el andén casi vacío de las 23:30, vuelan los vidrios, se los traga la corriente de aire que pasa encima de las vías; se esparcen los pedazos blancos como en abanico sobre los durmientes; el Fakir echa su camisa al hombro y se despide.
En su espalda lleva las marcas de los trozos que lo atravesaron, allí van las heridas del orgullo, la maldad, el dolor, la saña, la euforia y la soledad…


