Pereza: Las víctimas indefensas de La mataviejitas
febrero 27th, 2010
Carlos Rojas Urrutia
Ilustración de Eduardo Ruiz
Juana Barraza Samperio posee el récord de la mayor condena impuesta a un criminal de la capital: 759 años de prisión por los 16 asesinatos y 12 robos a ancianas de los que se le pudo inculpar; de todas formas, se considera que esta mujer, mejor conocida como la mataviejitas, asesinó a 24 mujeres indefensas, de edad avanzada, que vivían solas; presas fáciles de una mujer que se hacía pasar por trabajadora del gobierno y que mataba sin que se le opusiera resistencia.

Ahorcaba ancianas y practicaba la lucha libre bajo la identidad de La dama del silencio. Juana Barraza tiene anécdotas de su infancia relacionadas con su madre que han servido a los médicos para entender sus crímenes contra mujeres vulnerables; un ejemplo: a los 13 años, su madre la vendió a un hombre por el precio de 3 caguamas.
La mataviejitas es una mujer de 50 años, robusta, alta, de brazos fuertes y apariencia masculina. Presuntamente, es ella quien durante poco menos de 10 años, asesinó ancianas en la capital mexicana y fue una angustia y enigma para las autoridades capitalinas; en especial, para el entonces Procurador de Justicia del Distrito Federal, Bernardo Bátiz, y el entonces jefe de la policía capitalina, hoy Secretario de Seguridad Pública, Joel Ortega, quienes se empeñaron desde el 2003 en su captura.
Al principio, la procuraduría negó la existencia de un asesino serial de mujeres ancianas. Sin embargo, desde el 2003 se trabajaba en elaborar el retrato de un asesino del que se sabía muy poco, cuyos primeros crímenes databan de 1998. De ese año hasta el 2005, se reportaron 49 asesinatos de mujeres de la tercera edad que vivían solas. De éstos, sólo ocho casos fueron resueltos, con lo que se encarceló a tres personas, responsables aisladas de esos hechos.
A pesar de esas aprehensiones, los homicidios siguieron ocurriendo. En septiembre de 2005, ante la innegable e inocultable existencia de un asesino en serie, la procuraduría capitalina organizó un equipo de 100 elementos dirigidos por el fiscal de homicidios, Guillermo Zayas, cuya tarea era exclusivamente capturar al criminal.
Como parte de esas pesquisas, se difundieron los primeros retratos hablados de la mataviejitas, que se colocaron en patrullas de los 70 sectores de la Ciudad; se tomaron las huellas digitales de trabajadores sexuales de la zona de Tlalpan y la Tabacalera; se realizaron operativos en parques y jardines donde se presumía el asesino elegía a sus víctimas; todo ello sin resultados tangibles.
La policía capitalina anduvo tras la huella de Juana Barraza por cuatro años. La mataviejitas elegía a sus víctimas de manera discreta y era cautelosa. Dejaba pocos rastros que la inculparan: la policía sólo contaba con huellas digitales parciales encontradas en diversas escenas del crimen.
Bernardo Bátiz creyó durante casi todo el tiempo que el asesino de ancianas era un hombre, que a veces, se disfrazaba de mujer. Argumentaba que no se le había podido capturar porque “el mataviejitas es brillantemente listo”. La búsqueda de la asesina se prolongó por el cúmulo de evidencias contradictorias. En algún punto, la policía conjeturó que eran dos personas las que podrían estar implicadas. Después se confundieron los crímenes de Juana Barraza con “el fenómeno de imitación”, que arguyó Joel Ortega.
En 24 casos de los 49 asesinatos de ancianas que sucedieron entre 1998 y 2007, se encontraron marcas que fueron definiendo el actuar del asesino serial; las víctimas habían sido asfixiadas con objetos del propio domicilio (lazos de cortina, medias, cables de aparatos electrodomésticos o teléfónicos…); las áreas en que se cometían los crímenes eran principalmente las delegaciones Benito Juárez y Cuauhtémoc -aunque se encontraron mujeres asesinadas en otras ocho demarcaciones-; actuaba siempre a mitad de semana, los martes y miércoles…
Una vez, Juana Barraza estuvo a punto de ser descubierta: en junio del 2006, en la colonia Jardín Balbuena, cuando ya estaba instalada en casa de una anciana, lista para cometer el crimen, llegó uno de los hijos de la apenas librada víctima; además, otro estaba en casa con una pierna enyesada. Como ambos sospecharon de la mujer que acompañaba a su madre en la sala, Juana Barraza se dijo doctora y para mostrar su espíritu altruista, pidió ver la radiografía del muchacho lastimado. La marca de su dedo en esa placa sería la única huella digital completa que tendría la policía.
Luego se sabría que la mataviejitas había aparecido en la televisión de manera casual. Un reportero de Fuerza Informativa Azteca tomó su testimonio en una función de lucha libre a la que ella había asistido como público. De chamarra roja y pantalón de mezclilla, la mujer respondió a las preguntas (irrelevantes) del reportero, acerca de la lucha mexicana, sus pasiones y sus gladiadores favoritos:
- ¿Ruda o técnica?
-Ruda de corazón.
- ¿Y dónde es más ruda, aquí o en casa?
-Ah… pues en los dos lados.
Juana Barraza cambiaba de aspecto constantemente. Tenía por costumbre cortarse el pelo y teñirlo cada 15 días. Siempre lo hacia en la estética Daniell’s, en Izcalli, donde era atendida por una íntima amiga suya, que no sospechaba que ayudaba sin proponérselo a crear el disfraz de una asesina serial.
Una falta de atención fue su caída. El 8 de enero del 2007, ganó la confianza de Ana María de los Reyes Alfaro, de 82 años, que vivía en la colonia Moctezuma de la delegación Venustiano Carranza. Entró a su casa, le habló de una ayuda económica que el gobierno estaba dispuesto a brindarle a la viejecita. En un descuido de ésta, la estranguló con la manguera del estetoscopio que llevaba como parte del instrumental médico con que supuestamente diagnosticaba la hipertensión arterial. Descubrió muy tarde que su víctima no vivía sola. Tenía un huésped en la parte de atrás de su casa, quien al llegar, se topó con Juana Barraza que salía de manera atropellada. Luego encontró el cadáver de la anciana y corrió la voz de alarma.
Juana Barraza intentó huir. En eso estaba cuando dos policías de seguridad pública que patrullaban la zona vieron a una mujer vestida de rojo y cabello corto, con dos bolsas en las manos, que corría por la calle. Se les hizo sospechoso y la detuvieron. Ella se opuso, propinó algunos golpes, pero al final fue sometida. Su complexión, estatura y cabello teñido, coincidieron plenamente con el retrato tridimensional que había dado a conocer meses antes la PGJDF.
Desde un principio, Juana Barraza aceptó el crimen por el que se le detuvo casi en flagrancia; pero negó que fuera ella la mataviejitas. Argumentó que las autoridades hablaban de un hombre.
Apéndice:
Cuando la mataviejitas terminó de escuchar su sentencia en la rejilla de prácticas, éstas fueron sus primeras palabras: “que Dios los perdone y a mí no me olvide”. Cuando un reportero del diario Reforma le preguntó sobre las actividades que desempeñaba en la cárcel, respondió con tono sincero y seguro: “Trabajo como siempre lo he hecho, aquí y afuera: ser honesta y honrada y respetar a mis superiores y a las personas de la tercera edad”.
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